
La tranquilidad del momento ayudaba, por supuesto. El silencio, cuando es oportuno, es un gran aliado. Permite ignorar la estupidez antojadiza y trillada de ver el vaso medio lleno o medio vacío y entender que simplemente está ahí, servido, desechando subjetividades inútiles que nunca sirven para otra cosa que borronear la letra firme y clara que debe usarse para escribir la vida.
Fue en ese cuándo y dónde que entendió que ni todo pasado fue mejor ni ya vendrán tiempos mejores: La sucesión infinita de los “mientras tanto” estuvo siempre con él entramando simultáneamente pasados y futuros tan buenos (o tan malos) cómo lo decidiera en cada instante.
Así de simple. Así de fácil. Así de tarde.